La izquierda de Talavante y el exceso del pañuelo azul
Hoy ha sido día de retornos. Volvió al fin Talavante. El de la mano negra, el de la improvisación infinita, el de la mano izquierda de oro. Volvió la excelencia muletera de Núñez del Cuvillo a lomos de “Ganador”. Y como no, viernes de feria, volvieron los regalos del palco. En este caso en forma de pañuelo azul. ¿Se le puede dar la vuelta al ruedo a un toro descaradamente manso en los primeros tercios? Parece que sí.
Abría la tarde un acochinado Cuvillo sin cuello alguno, de horrible estampa. Con el abreplaza presenciamos el único puyazo en condiciones de toda la tarde. Uno de doce, no está mal. El burel, que salía suelto del capote de salida, fue quitado por chicuelinas por Tristán Barroso. Talavante replicó por gaoneras de compás cerrado, a modo de aviso para el confirmante. Tras la respectiva ceremonia de confirmación, inició el madrileño de rodillas, cayéndose el toro en dos ocasiones. Por el derecho, aunque a media altura, el toro respondía con gran nobleza y calidad, que no fue aprovechada por el novel, ligando siempre los muletazos desde la distancia. En la cercanía el cuvillo no aceptaba nada, y se vino abajo pronto. Sonó un aviso mientras cerraba por bernadinas. Que faena más tediosa. Un pinchazo perdiendo el toro las manos y un bajonazo precidió a unas palmas al toro, excesivas. Para poner punto y final a la tarde salió un auténtico tío. Este cantó la gallina en el caballo, al igual que hicieron varios de sus hermanos. Buenos pares puso Mathieu Guillón, que fue obligado a desmonterarse. Con la pañosa se pudo ver otra versión de Barroso, que al comenzar de nuevo de rodillas fue alcanzado por el toro, sin consecuencias aparentes. Esta versión se caracterizó por una mayor templanza y suavidad en el trazo. Su oponente punteaba los engaños, y Tristán fue capaz de encauzar la embestida y limpiar los muletazos, aunque no fueran con la colocación más pura. Dos pinchazos y estocada.
El veterano del cartel era el extremeño Talavante. Probablemente el gran responsable del “No hay billetes”. Aunque llevemos años sin ver a Talavante en condiciones a Madrid, el respetable venteño siempre acude con la mínima esperanza de ver al extremeño en su máximo explendor. Y hoy hay sido el día. La tarde no auguraba nada reseñable con su primer toro, un auténtico novillo que se quedaba corto en el capote y se derrumbó en varas, donde no fue picado. Con ritmo en banderillas, llegó a la muleta con movilidad, pero con una movilidad sin ahormar. La faena se sucedió entre enganchones y tirones, demostrando Talavante una parsimonia abrumadora. Sin embargo, con el cuarto de la tarde, todo cambió. Un toro de aceptable estampa, que no fue parado por el matador en el capote, saliéndose siempre suelto. Al igual que en el caballo, donde en el segundo encuentro cantó la gallina. En banderillas la misma tónica: el toro no paraba quieto. De un lado para otro. Mansedumbre a raudales. Pero llegó el último tercio, el momento para el que se seleccionan los toros hoy en día, y ahí respondió. Y qué forma de responder. Prólogo por estatuarios de Talavante, con un buen pase de la firma y una trincherilla con gusto. Comienza la faena. Se echa la muleta a la derecha, dos series, rematadas ambas con un circular con la mano izquierda, que duraron entre los dos una eternidad. Aquí es donde se vio la clase infinita del toro, con el hocico en el suelo, haciendo el avión. Toro excelso en la muleta. Los naturales fluyeron limpios y templados, perfectos algunos, pero no acabó Talavante de redondear su obra. En cada serie había uno o dos naturales que levantaban del tendido, pero al acabar la misma no había sensación de rotundidad. Quizás porque en muchas ocasiones Alejandro no era capaz de vaciar por completo la embestida del toro para recogerla de nuevo, quedando así fuera para el siguiente muletazo. O quizás simplemente no hubo sensación de rotundidad por la perfección en la embestida de “Ganador”, difícil de cuajar. Gran faena con una serie de derechazos haciendo la noria como epílogo, que acabaron de encender al público de aplauso fácil. La faena culminó con una estocada desprendida, que dio pie a la concesión de dos orejas - que no comparto - y una infame vuelta al ruedo al toro. Menudo insulto se ha cometido hoy contra los toros bravos. Clase no es lo mismo que bravura. Y el pañuelo azul reconoce la bravura integral.
Por último, Juan Ortega naufragó entre la indiferencia del público. El tercero de la tarde, otro novillo, fue recibido por Jorge Fuentes. Ya ni recibe Ortega a los toros... Este fue un auténtico inválido que debió ser devuelto. Prueba de ello fue que en la segunda serie se desplomó completamente. El toro por los suelos, la fiesta por los suelos. Mitin con la espada. En quinto lugar salió por toriles un jabonero escurrido, brutito de salida, el cual huyó de forma literal del caballo. Por bajo y templado comenzó Ortega su insulsa faena ante un oponente de gran recorrido y clase, con mucha transmisión. Y lo dicho, Juan naufragó. Siempre periférico, no fue capaz de coger el aire a un toro de triunfo, que nunca fue toreado. Una estocada desprendida puso fin a su lamentable tarde.
En definitiva, corrida mansa en líneas generales de Núñez del Cuvillo, que contó con la extraordinaria clase de “Ganador” , un quinto importante en la muleta y un sexto con posibilidades. Talavante salió por la Puerta Grande gracias a una faena falta de rotundidad pero llena de ensueño. Tristán confirmó sin pena ni gloria y Ortega debe hacerse mirar la actitud con la que viene a Madrid.
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