Emilio, ¿por qué nos has abandonado?

Antes de pasar a lo taurino, decir una sola cosa: Dios existe. Hoy Víctor Hernández ha vuelto a nacer, un 4 de junio de 2026, día del Corpus. Los milagros existen, y las 23000 personas que estábamos hoy en Las Ventas hemos presenciado uno.

Ya en lo taurino, Emilio de Justo ha vuelto a sortear otro lote de Puerta Grande. ¡Otra vez! Y otra vez naufraga, escuchando a mayores cuatro avisos. Ese Emilio de Justo que cautivó a Madrid ha desaparecido, nos ha abandonado. Ya solo queda un torero más, de los del montón -del malo-. Todo esto ante cuatro jandillas de variado comportamiento y hechuras, y dos de Santiago Domecq de interés. Como se suele decir, más pitones que monteras, muchos más.

Abría la tarde el extremeño Emilio de Justo, al que le tocó en suerte un precioso berrendo en negro que recibió dos quites deslucidos por chicuelinas - para qué variar - por parte de Emilio y Borja. Con torería se fue sacando el toro al tercio Emilio de Justo, con gran naturalidad, ante un toro nobilísimo, enclasado, pero falto de emoción por su falta de fuerza y casta. Las primeras series sucedieron en la más lejana periferia, aspecto reprochable en estos casos en los que el toro permite el abandonarse desde el primer momento. Al natural anduvo algo mejor colocado, pero el alivio llegaba con el retorcimiento en el cite, que solo fue rectificado en un buen final por naturales a pies juntos, donde dio uno muy despacio que el toro siguió sin rechistar, demostrando a quienes no se hubieran dado cuenta que Emilio había estado claramente por debajo. Dejó un pinchazo saliéndose de la suerte y un bajonazo trasero. Para más Inri, barrenó con el descabello hasta en una docena de ocasiones, llegando a escuchar dos avisos. El cuarto de la tarde, de nombre “Lacerado” e impresentable para Madrid, recibió dos picotazos en la mitad del lomo, motivo por el cual llegó entero a la muleta, donde demostró su condición de toro de bandera - en la muleta -. De embestida boyante y con cierto carbón, humilló repitiendo como el que más, y Emilio de Justo presentó a Madrid un toreo lleno de alivios y mentiras, aquello que llaman el destoreo, es decir, el coger la embestida fuera escondiendo la pierna para únicamente preocuparse de alargar. De tan insulso trasteo solo podemos destacar los adornos de las series, es especial dos buenas trincherillas, que no dejan de ser accesorios, que Emilio convirtió en fundamentales para poner en pie a los más confundidos del tendido. Cerró con un torero final por bajo, rematado con una de las estocadas más sonrojantes de la feria, en la mitad del lomo y baja, celebrada por Emilio como si fuera la estocada de su vida, haciéndonos creer algo que no es. En definitiva, mintiéndonos. Y la mentira es lo peor en el toreo.

Continuaba Borja Jiménez, quien tuvo durante toda la tarde la encerrona en la cabeza. A su primero, ensabanado sucio, lo lanceó aceleradamente a la verónica, dejando una buena media como remate. El de Jandilla derribó al coger al jaco por los pechos, y como sus hermanos se fue sin picar. Quite de cortesía de Víctor, por gaoneras a pies juntos. Inició Borja la faena en unos terrenos muy extraños, en el tendido 1, tremendamente cerca de toriles, tras el cual se llevó al burel al 5, donde no pudo hacer nada por el terrible vendaval. Anduvo muy firme, sin esconder la pierna ante un toro bruscote que pedía mando, tarea imposible por el aire. Dos pinchazos y una estocada desprendida acabaron con el toro. El quinto de la tarde, de Santiago Domecq, fue una auténtica pintura, que recibió una fuerte ovación de salida por su seriedad. El sardo ya mostró su buen galope de salida, aunque se defendió bajo el peto. Prólogo de faena por la espalda, vulgar como todos. El de Santiago Domecq mantuvo el galope, pero cuando llegaba a la jurisdicción del matador derrotaba, con un pequeño tornillazo que deslucía el muletazo. Pedía distancia, mano baja y llevarlo muy cosido, y Borja solo supo darle lo tercero. En las distancias optó por la corta, ahogando y desluciendo aún más la embestida. Trasteo acelerado y sin estructura, sin ideas, con sensación de improvisación. Culminó su tarde con una estocada estimable. Lo único positivo de su actuación de cara a la encerrona.

Por último, volvía a Madrid Víctor Hernández tras la tarde de los quites. Su primero, otro impresentable, apretó bajo el peto pero terminó saliéndose suelto. De nuevo sin picar, para sorpresa de nadie. Firme como una estaca comenzó el de Los Santos de la Humosa, por pases de telón y por la espalda, destacando el buen pase de la firma como cierre. Demasiado encima del toro, Víctor dio series muy largas, sin dar tregua al toro. Pases y más pases entre los que se erigió una buena serie a derechas, la única estimable. Y bernardinas para cerrar, para qué variar de nuevo. Una media estocada caída y un golpe de verduguillo precedieron a unos saludos del madrileño protestados con razón. Como cierraplaza salió un vareado ejemplar de Santiago Domecq, que había estado de sobrero en Albacete, culipollo y altote. Este, en el primer lance, se tiró al pecho de Víctor, lanzándolo por los aires y llevándoselo puesto de la chaquetilla hasta prácticamente el centro del ruedo, de dónde salió ileso. Lo dicho, Dios existe. Acudió el astado presto al jaco, donde apretó en bravo, pero recibió una auténtica masacre por parte de Agustín Collado. Ya saben, toro encastado, toro reventado. Y así resultó en la muleta, probón y con carbón. Si se le hubieran hecho las cosas bien, otro gallo hubiera cantado. Pero un ejemplar encastado sin recorrido es difícil de torear, por no decir que imposible. Y Víctor solo pudo estar por allí, robando muletazos de uno en uno, y donde volvió a ser cogido, esta vez del chaleco. Otro milagro y vuelta a la cara de toro. Otra cosa no, pero Víctor Hernández estuvo hecho un tío. Dejó una estocada tendida perdiendo la muleta y numerosos descabellos. El toro, de gran interés para el aficionado, se fue entre una división de opiniones.


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