Después de Morante naide, y después de naide, el triunfalismo barato

 A las 18:00, con puntualidad taurina, rompió el paseillo, encabezado por Morante, de celeste e hilo blanco, y a su derecha Marco Pérez, con un terno precioso: lila y oro. Morante regresaba a La Glorieta dos años después. Por su parte, Marco Pérez se presentaba en España y Salamanca como matador de toros, tras una triunfal alternativa en Nimes.

Con el quinto Morante levantó un monumento al toreo desde que se abrió de capa. Rodillas en tierra, realizó dos recortes de rodillas, resucitando el toreo de Fernando “El Gallo”, hermano del ilustre Joselito. Le siguieron dos largas con un regusto de otros tiempos. Estos adornos eran solo el preludio de lo que iba a pasar, una chicuelinas al ralentí, y un manojo de verónicas en las que se paró el tiempo en La Glorieta. La plaza en pie. Tras el puyazo, un quite torerísimo por cordobinas. La faena comenzó por todo lo alto, Morante de hinojos, ayudados por alto, la plaza era un manicomio. Toreo ligado, rematado, y ajustado como nadie. Destacar un derechazo que fue una cumbre. Naturales acompasados a la embestida de un toro con clase y nobleza a raudales, aunque con poder nulo. Morante lo llevaba embedido en la muleta como nadie lo sabe hacer. Finalizó la faena por riverinas, una especie de molinetes con las dos manos en muleta: una en el estaquillador, y otra en la muleta, en la zona donde se apoya la espada. Variedad, arte y valor por partes iguales. Un público entregado al genio. Una gran estocada consumó una faena premiada con el rabo. Un monumento, como ya he dicho. Tardaremos mucho en ver otra faena como esta en Salamanca (si algún día la vemos). Tras esto, Marco trató de estar a la altura, misión imposible. Estuvo muy variado: verónicas de rodillas, galleo de frente por detrás, el quite de Oro y capotazos en redondo, a modo de muleta. El sexto fue el único toro que parecía tener algo de poder y casta. Marco estuvo despegado en la larga y media distancia. Y la faena rompía cuando el toro se paraba en la mitad de la suerte, y un Marco valentísimo le esperaba y retaba. Un público demasiado extasiado con lo que estaba viendo, que era un torero valiente, pero sin clase en el toreo fundamental. Cerró con naturales y derechazos sin la ayuda a pies juntos, con verdadero gusto. Los mejores muletazos que dió Marco en toda la tarde. Tras las luquesinas finales, pinchazo, estocada trasera y perpendicular, golpe de descabello. Dos orejas de pueblo al torero de la tierra. 


El abreplaza fue un toro abanto, que no se fijó en el capote de Morante, si bien dió un buen recibo capotero, no exento de que el toro saliera distraído al final de la suerte. La faena de muleta fue buena mientras duró, ya que el toro se vino abajo pronto. Morante toreó en redondo como nadie lo sabe hacer, en una baldosa, con la muleta siempre en la cara del toro, y rematando siempre abajo y con torería los muletazos. Con la espada pinchó un par de veces, y a la tercera se le fue algo caída. Perdió una oreja por el mal uso de la espada. Del segundo poco que decir. Un Marco Pérez vulgar, mal colocado en numerosas ocasiones, si bien el garcigrande no se prestó a nada. En tercer lugar Morante se topó con un toro sin clase alguna, que además de la falta de raza y bravura de toda la corrida, tenía una embestida mortecina, en ocasiones rebrincado. Morante lo intentó, y tras ver las condiciones del astado, tiró por la calle del medio, lo macheteó, y a por el siguiente. En el cuarto toro, más de lo mismo, toro manso y sin casta, todo lo contrario a lo que debe ser un toro de lidia. Recibió un puyazo largo. Y Marco, voluntarioso pero sin decir nada. Rematando bien las series con buenos pases de pecho, pero con un toreo artificial y alejado de lo clásico. Sainete con el verduguillo, prácticamente barrenando. De vergüenza. 


Hemos visto lo mejor que se puede ver, y tras ello, un triunfalismo desmedido. La Glorieta se convirtió en una portátil. Antes de todo, apuntar que la presentación de los toros no era la adecuada para esta plaza. En general, toros bien hechos y relativamente bien rematados (salvo 1º y 2º), si bien eran muy pobres de caras. Todos, sin excepción, sin longitud de pitón o apretados de cara en exceso. Por debajo de lo exigible. Además, hemos de hablar de una serie de detalles (otros no tan detalles), que muestran la degradación de esta plaza. Como ya hemos dicho, las dos orejas de Marco fueron auténticamente desmesuradas. Los alguacilillos, que en la suerte de varas y tras la estocada deben estar en tablas al lado del toro, para poner orden e impedir sinvergonzonería (barrenado, rueda de peones, etc), estaban en el otro lado de la plaza, sin hacer su trabajo. Después, en la vuelta al ruedo de Marco Pérez, saltaron muchos jóvenes al ruedo en busca de Morante, dejando una imagen lamentable: un torero dando la vuelta al ruedo y los demás con Morante. Después, alguno se unió a Marco, y en la vuelta el espada firmó autógrafos y se hizo fotos con los “aficionados”. Y como no, el tercio de varas desapercibido una vez más, así como la casta y bravura de las reses. Lo único que se salva en el primer tercio son sendos puyazos bien colocados de Alberto Sandoval y Aurelio Cruz.


La cara y la cruz de la fiesta. El toreo en su máxima expresión de manos de Morante, y el triunfalismo desmedido.

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